¡Nunca insultéis a la mujer caída!
Nadie sabe qué peso la agobió,
ni cuántas luchas soportó en la vida,
¡hasta que al fin cayó!
¿Quién no ha visto mujeres sin aliento
asirse con afán a la virtud,
y resistir del vicio el duro viento
con serena actitud?
Gota de agua pendiente de una rama
que el viento agita y hace estremecer;
¡perla que el cáliz de la flor derrama,
y que es lodo al caer!
Pero aún puede la gota peregrina
su perdida pureza recobrar,
y resurgir del polvo, cristalina,
y ante la luz brillar.
Dejad amar a la mujer caída,
dejad al polvo su vital calor,
porque todo recobra nueva vida
con la luz y el amor.
Ausencia del amante – Carmen Conde
He vuelto por el camino sin hierba.
Voy al río en busca de mi sombra.
Qué soledad sellada de luna fría.
Qué soledad de agua sin sirenas rojas.
Qué soledad de pinos ácidos errantes…
Voy a recoger mis ojos
abandonados en la orilla.
El desencanto – Antonio Hernández
No la tristeza por el mercachifle
ido a más que fue amigo, nuevo rico
bien cebado por las diputaciones
y los ayuntamientos. Ni tampoco
por el sandio zascandil que traduce
lo que fue traducido sin cambiar el idioma.
Ni por el pobre, pillo, animador
que llaman cultural. Menos aún
por el gacetillero que elogiara
mi poesía con un entusiasmo
tan sólo comparable a su ignorancia.
Ni por tantos moscones como tuve
sobre mí cuya vanidad recuerdo
pero cuyos poemas me son indiferentes.
Ni por los virtuosos, que saben dónde está
el cofre lleno de hojalata.
Ni por esos estultos sabios
peores que los bobos ignorantes,
sino por el maestro, al que creí
volcado a la honradez y la justicia.
Rompió mi espejo y aún escupo cristales.
Lauretta – Jon Juaristi
Ya cesaron las lluvias.
Ya perdieron su flor los jacarandáes.
Pronto me iré de aquí.
No hice muchos amigos.
No bajé a los infiernos como Lowry,
y nada me importabas
cuando te conocí.
Ojalá no te hubiera conocido,
boca de ajonjolí.
Ojalá no te hubiera querido
así.
Sólo espero que nunca la tristeza
te trate como a mí.
Amando en el tiempo – Luis Cernuda
El tiempo, insinuándose en tu cuerpo,
tal la nube de polvo en fuente pura,
aquella gracia antigua desordena
y clava en mí una pena silenciosa.
Otros antes que yo vieron un’ día,
y otros luego verán, cómo decir
la amada forma esbelta, recordando
de cuánta gloria es cifra un cuerpo hermoso.
Pero la vida sólo la aprendemos,
y placer y dolor se ofrecen siempre
tal mundo virgen para cada hombre.
Así mi pena inculta es nueva ahora.
Nueva como lo fuese al primer hombre,
que cayó con su amor del paraíso
cuando viera, tal cielo ya vencido
por sombra, envejecer el cuerpo amado.
La niña de diez años, allí, bajo el sombrajo… – Félix de Azúa
La niña de diez años, allí, bajo el sombrajo
(una vela de cruz, luminosa y salina)
con el racimo en alto me pareció Judith
y su presa Holofernes con zarcillos azules.
Del automóvil blanco, de sus puertas abiertas
al aire abrasador y la luz cenital,
llegó un recuerdo blando de alquitrán o betún
que me hizo apoyar la mano en el tabanco.
Se puso en pie despacio, sosteniendo el racimo
como si de su codo aún pingara la sangre.
Brillantes y calientes, con obscena abundancia,
sus ojos y los granos de polvoriento añil.
Sin casi hablar (¿quién puede poner precio
a un racimo de uvas en un día de agosto?)
disimulamos ambos nuestro mutuo interés.
Así los orientales mercaban sus tapices.
Más tarde comenté la intimidad del monte
sin prisa y sin respuesta, pues tanta soledad
somete al tiempo.
Colgué de la romana un billete discreto,
dije adiós y me fui con diez años de menos.
También el cielo morirá cuando muera la tierra,
pensé como consuelo.
Cuando muera la viña, la tierra morirá,
me dije luego.
Orfeo – Eugenio Montejo
Orfeo, lo que de él queda (si queda),
lo que aún puede cantar en la tierra,
¿a qué piedra, a cuál animal enternece?
Orfeo en la noche, en esta noche
(su lira, su grabador, su cassette),
¿para quién mira, ausculta las estrellas?
Orfeo, lo que en él sueña (si sueña),
la palabra de tanto destino,
¿quién la recibe ahora de rodillas?
Solo, con su perfil en mármol, pasa
por entre siglos tronchado y derruido
bajo la estatua rota de una fábula.
Viene a cantar (si canta) a nuestra puerta,
a todas las puertas. Aquí se queda,
aquí planta su casa y paga su condena
porque nosotros somos el Infierno.
Sonámbula – María Beneyto
Pasar cantando así, bajo la noche
como yo canto, como un ave ciega
que fuera hacia la luz por puro instinto,
¿os puede ser ofensa, compañeros?
Vosotros que vivís al borde mismo
del precipicio, que tenéis la casa
ya inclinada del lado del vacío,
¿perdonaréis que cante en esta hora?
Yo me inclino también. Pero no temo.
Allá en mi densa flora voy dormida
encerrada en paisajes de cretona
como en reales, sólidas prisiones.
No me digáis que entierre también esto
–la sencilla y absurda melodía
que me queda– después de darles tierra
a tantas hermosuras derruidas.
Mi canto es la primera voz del agua
corriendo entre las hierbas y las piedras.
No sabe detenerse, no se acaba.
Fluye, como yo fluyo en su corriente.
Estoy recuperando del olvido
el nombre primitivo de la vida.
Canto las cosas y los seres hondos
que no poseen voz o la perdieron.
¿Me oís cantar, sonámbula, en la noche
todavía rayada por la luna
segura, solitaria y aislada
con la voz de algún pájaro en desvelo?
Hasta el final he de cantar. Dormida.
Yo pasaré afirmándome tan sólo
por esta voz que me sostiene y guía,
delgada voz de amor fosforescente.
Y hasta en el caos, si es que el caos llega,
dejaré en la canción mi señal viva
como medida de esto inagotable
que en humano llamamos esperanza.
Mía de nadie – Mía Gallegos
Mía Gallegos.
Mía de nadie. Mía de mí.
Sin una biografía.
Tierna. Casi ácida.
Con un destino trazado
en una cruz.
Mía Gallegos. Mía de nadie,
de nadie, nadie, nadie, nadie.
Aferrada a la ternura
como único pan que no consuela.
Mía de nadie. Mía de mí.
Sin aire. Umbría.
Deja que el tiempo pase.
Deja que la vida pase.
Deja que el amor pase.
Deja que la muerte pase.
Mía sin biografía y sin abuelo.
Sin un sitio.
Ni siquiera santa.
Ni siquiera puta.
Mía de mí.
A veces quisiera que el mar se ahogara dentro de mí – Mariana Bernárdez
A veces quisiera que el mar se ahogara dentro de mí
porque cansada tengo la entraña de inllorar
y las aguas se agolpan en las noches de domingo
sin atisbar siquiera ante las luces de la ciudad
si hay o no un sentido en las palabras
que se me enarbolan en cielo sin nubes
De querer tanto luego no sé cuál querer quisiera
si el que siempre fuera sábado
o mirar desde la ventana el pasar de la gente
y trato de que los pies no se me hagan jirones
y que cada movimiento atestigüe mi adentro
pero sé que no hay certeza en mi cuerpo
Míos han sido los días de antes
los recuerdos de una fuerza ingenua
que creyó beberse la inmensidad
cuando la desnudez fue otra
¿cómo saber la fragilidad
habitándome desde tan profundo?
y ahora pareciera que sólo mío puedo llamar
el cristal que se ha ido rompiendo
para ser lo que ha sido
sal
y con un poco de suerte algo de espuma
Mío entonces el mar
Mía la tarde sin lluvia
y el bosque y los jardines
y el sol rozando los techos
Mía la palabra
aunque sea un momento
y este domingo
donde las manos
se me llenan de arena.