Fábula del limonero -Rafael Montesinos

Debajo del limonero,
la niña a mí me decía:
-Te quiero.

Y yo me puse a pensar
que era mejor la corteza.
Tiré las migas de pan.

Debajo del limonero
la niña me dio su beso
primero.

Y juntos vimos caer
los limones por el suelo,
cerca del amanecer.

Debajo del limonero,
la niña me dijo un día:
-Me muero.

Y ya no sé adónde ir ,
que el limonar me recuerda
la gracia de su perfil.

Ensueño de opio – Francisco Villaespesa

Es otra señorita de Maupin. Es viciosa
y frágil como aquella imagen del placer,
que en la elegancia rítmica de su sonora prosa
nos dibujó la pluma de Theófilo Gautier.

Sus rojos labios sáficos, sensitivos y ambiguos,
a la par piden besos de hombre y de mujer,
sintiendo las nostalgias de los faunos antiguos
cuyos labios sabían alargar el placer.

Ama los goces sádicos. Se inyecta de morfina;
pincha a su gata blanca. El éter la fascina,
y el opio le produce un ensueño oriental.

De súbito su cuerpo de amor vibra y se inflama
al ver, entre los juncos, temblar como una llama
la lengua roja y móvil de algún tigre real.

Por el cielo me acerco… – Pablo Neruda

Por el cielo me acerco
al rayo rojo de tu cabellera.
De tierra y trigo soy y al acercarme
tu fuego se prepara
dentro de mí y enciende
las piedras y la harina.
Por eso crece y sube
mi corazón haciéndose
pan para que tu boca lo devore,
y mi sangre es el vino que te aguarda.
Tú y yo somos la tierra con sus frutos.
Pan, fuego, sangre y vino
es el terrestre amor que nos abrasa.

Afrodita – Alfonso Cortés

Cuando, ante el rojo grita de la aurora,
calló el silencio de la noche, vino
sobre el mar la celeste Pecadora.

En ella había todo don divino,
y he aquí que al verla, los distantes astros
detuvieron a un tiempo su camino,

los dioses, cual lobos, tras sus rastros,
disputaban a eternas dentelladas
sus rosas de sagrados alabastros;

y ella, con el poder de sus miradas,
sin inquietarla el Bien y el Mal apenas,
hacía arder olímpicas ilíadas…

—Venus, tú eres la mar porque en tus venas
eternas ondas van; tú eres la Vida
y la Helena inmortal de las helenas.

Tú eres la mar, y de la mar nacida
yo sé que tus cabellos aun son algas
y que, sobre tu vientre, el adanida

es frágil barco; sé que tú cabalgas
el planeta, y que son maravillosas
las dos valvas de nácar de tus nalgas;

que tus orejas son conchas preciosas,
y en tu nariz un caracol labrado
abre sus dos ventanas misteriosas.

Desde la nívea frente hasta el rosado
pulgar del pie, se ve un temblor sonoro
como en un mar de mármol agitado.

Tú eres la llave de esencial tesoro,
y tú echaste a rodar al pavimento
de los abismos la manzana de oro.

Tú eres la Comunión del pensamiento,
la verídica Hipótesis del alma,
la Música de Dios, el Movimiento

de la Creación, Luz de los astros, Palma
de la Verdad, Hora perenne, Fruto
del Árbol sin raíz, Boca que ensalma

a lo Infinito, Don cuyo atributo
sacia a la Eternidad, sueño existente…
¡oh, Venus, Venus… Cosmos! ¡Absoluto!

Yo te veo venir sobre el potente
tumulto de las olas primordiales
a tu misma belleza indiferente.

Saltas del tiempo sobre los umbrales,
casta al amor, impúdica al deseo,
y llena toda de ti misma. Sales

desnuda y clara como un grito. El feo
mirar del caos fugitivo y triste,
no te avergüenza ni te asombra. Veo

cómo a tu desnudez tu forma viste
y cómo tu alma crece en cada cosa,
porque tu traje es todo lo que existe.

Yo te veo, celeste mariposa
del corazón en flor, que entre las ramas
del Árbol de la Vida, victoriosa

vuelas, como los vientos y las llamas
libre a la ley de afectos que te norma
porque siendo de todos a nadie amas.

Y Dios, cuyo deseo se conforma
con tus actos, sonándote en palabras,
le dio a la Vida el alma de tu forma.

Y dándote sus llaves, para que abras
las puertas del infinito a la existencia,
te hizo la sola ruta de sus abras…

Y te dijo: —El amor es la experiencia
de lo ignorado; tómalo y camina:
Yo soy la luz y tú eres mi conciencia.

Si estás entre los hombres, adivina
mi secreta intención, pues en mis planes
la maldad de los hombres es divina.

No te acuerdes de nada. A tus afanes
no les ha dado origen lo que ha sido,
y después de cruzarlo capitanes

y marinos, el mar cierra atrevido
su boquerón, pues por instinto sabe
que está hecho de recuerdos el olvido.

La flor, la nube, la ilusión y el ave
den motivo a tus sueños, y comprende
que es dulce el beso cuando el alma es grave.

Dale la mano a todo lo que asciende
y los brazos a todo lo que aspira,
que en cada ser un corazón se prende

en ansias de tu amor. El Orbe gira
y el azar es un místico proceso
en que, lo mismo el canto de la lira

que la roca, el dolor, la luz o el beso,
todo tiene alas, pues para los cielos
las alas de la piedra son su peso.

¡Oh!, los vuelos efímeros, los vuelos
de la necesidad siempre en zozobra
sobre el mar de mis íntimos anhelos.

Todo lo que sé de ti me gusta… – Almudena Guzmán

Todo lo que sé de ti me gusta.
Que pintas ángeles de escayola,
descendientes de la nieve fría
de Gautier,
con la llama azul, siempre viva,
de Darío.

Que a veces quieres volar
y no puedes
como una garza despistada
que no encuentra en los cajones
sus papeles de emigración.

Que votas cada noche
por la infancia
con un Cola Cao impenitente
aunque yo militara en el partido
de Nesquik.

Todo lo que sé de ti me gusta
y lo que no sé me lo dice tu piel.

Jaguar de agua – Mía Gallegos

Yo canto porque no puedo eludir la muerte,
porque le tengo miedo, porque el dolor me mata.
La quiero ya como se quiere el amor mismo.
Su terror necesito, su hueso mondo y su misterio.
Lleno del fervor de la manzana y su corrosiva fragancia,
lujurioso como un hombre que sólo una idea tiene,
angustiadamente carnal con la misma muerte devorante,
yo me consumo aullando la traición de los dioses.

Soledad mía, oh muerte del amor, oh amor de la muerte,
que nunca hay vida, nunca, ¡nunca! sino sólo agonía.
En mis manos de fango gime una paloma resplandeciente
porque el amor y el sueño son las alas de la vida.

Me duele el aire… Me oprimen tus manos absolutas,
rojas de besos y relámpagos, de nubes y escorpiones.
Soledad de soledades, yo sé que si es triste todo olvido,
más triste es aún todo recuerdo, y más triste aún toda esperanza.

Porque el amor y la muerte son las alas de mi vida,
que es como un ángel expulsado perpetuamente.

El amor – Elvio Romero

Sí,
hoy me he puesto a encender el viejo fuego.

El azar y los años
me han llevado a pisar en el sendero
que me ha impuesto el amor, que mi adorada
impuso a mi corazón; ahora vuelvo
al fervor inicial, a esa primera mañana
en que el sol se ha instalado en nuestro pecho.

Y así las cosas:
la canción, la plenitud, el deseo
me han alumbrado el rostro, se me han ceñido
como un pañuelo verde sobre el cuello,
y entro en la casa del fervor como antaño,
asombrándome al ver reverdecer los sueños.

Es como si hubiesen atizado
a mi sangre el verano, la intemperie, los vientos
cordilleranos, o inundado sus cauces
un enérgico brío de panales repletos,
los brazos encendidos al apretar sus brazos,
las dos manos cargadas de un esplendor secreto.

Sí,
porque mi corazón no descansa en la noche,
hoy me he puesto a encender el viejo fuego.

Poesía de todas la épocas y nacionalidades