La misma estrella I -Jesús Orta Ruiz

I

Cuando te miro sin tener mirada
no veo la que eres, sino aquella
que fuiste. Para mí, la misma estrella
que permanece como eternizada.

Por tu gracia de china dibujada
en porcelana, te seguí la huella
y se ha quedado en mí tu imagen bella
como si el tiempo no mellase nada.

Los de clara visión que les refleja
la realidad, pueden llamarte vieja;
pero a mí, que te vi rosa encendida

y hoy no te veo, me tocó la suerte
de perpetuar tu juventud florida
y andar enamorado hacia la muerte.

Pasión del clandestino – José Manuel Caballero Bonald

De aquellas arduas clandestinidades
tenazmente debidas
a causas nobles y amorosos lances,
sólo te queda un sedimento
entre feliz y melancólico, la sensación
de haber perdido algo inencontrable,
un decoro, una fe y algún temor:
eso que fue sin duda
el rango más preciado de tu vida.

Vertiginosos días de lecciones
difíciles, de secretos quehaceres y nocturnidades,
de coartadas sensibles a la luz que te valieron
cárcel, exilio, represalias
y algo como un empecinado acopio de certezas
que afloró andando el tiempo en lastres varios.

De grado compartías encomiendas
que la pasión hacía más audaces,
aquella candorosa convicción
de estar fogosamente prestigiando
las noches, los sigilos, los empeños
heroicos, los prohibitivos usos del amor,
mientras la dignidad gestaba su literatura
y en dulces aficiones te acogías.

No has vivido emoción igual que aquella.
Nada ha sido lo mismo desde entonces
y aún eres el recuerdo de ese hermoso
oficio pasional de clandestino.

Nunca fue en vano tan magnánimo
aprendizaje de la vida.

La historia de después te importa menos.

Quien dice que la ausencia causa olvido… – Juan Boscán

Quien dice que la ausencia causa olvido
merece ser de todos olvidado.
El verdadero y firme enamorado
está, cuando está ausente, más perdido.

Aviva la memoria su sentido;
la soledad levanta su cuidado;
hallarse de su bien tan apartado
hace su desear más encendido.

No sanan las heridas en él dadas,
aunque cese el mirar que las causó,
si quedan en el alma confirmadas,

que si uno está con muchas cuchilladas,
porque huya de quien lo acuchilló
no por eso serán mejor curadas.

Subida al amor – Carlos Bousoño

Mira los aires, alma solitaria,
alma triste que sola vas gimiendo.
Asciende, sube. Amor te espera.
La cima es alta. Escaso, el aparejo
Aleteante, temblorosa y blanca,
te veo subir con retenido esfuerzo.
Hoy llega el sol donde hasta ayer la luna.
Llega la luna donde ayer el cierzo.
Al fin la vida con la luz se aclara.
Al fin la muerte con la luz ya se muerto.
¡Cantan las cumbres y los valles! ¡Cantan
los siempre vivos a los nunca muertos!
Cara con cara junto a Dios, escuchas
vibrar los aires y vivir los sueños.
Vida con vida, luz con luz amada,
y cielo, humano, en el amor, con Cielo.
Bajar la luz de amor, la luz de vida
lenta en los aires minuciosos siento.
Fundida luz de Dios con luz del alma.
Qué claridad de pronto. Qué silencio.

Esto soñé – Antonio Machado

Que el caminante es suma del camino,
y en el jardín, junto del mar sereno,
le acompaña el aroma montesino,
ardor de seco henil en campo ameno;

que de luenga jornada peregrino
ponía al corazón un duro freno,
para aguardar el verso adamantino
que maduraba el alma en hondo seno.

Esto soñé. Y del tiempo, el homicida,
que nos lleva a la muerte o fluye en vano,
que era un sueño no más del adanida.

Y un hombre vi que en la desnuda mano
mostraba al mundo el ascua de la vida,
sin cenizas el fuego heraclitano.

Prometeo en la frontera – Antonio Gamoneda

                         I

Acaso estemos en igual tormento.
Un dios caído en el dolor es tanto
como el dolor si sobrepasa el llanto
y se levanta contra el firmamento.

Un dios inmóvil es un dios sediento
y a mí me cubren con el mismo manto.
Yo tengo sed y lo que yo levanto
es la impotencia de levantamiento.

Oh qué dura, feroz es la frontera
de la belleza y el dolor; ni un dios
puede cruzarla con su cuerpo puro.

Los dos estamos por igual manera
a hierro y sed de soledad, los dos
encadenados contra el mismo muro.

                         II

Y este don de morir, esta potencia
degolladora de dolor, ¿de dónde
viene a nosotros? ¿En qué dios se esconde
esta forma siniestra de clemencia?

Una sola divina descendencia
a esta zona de sombra corresponde.
Si tú hablas a un dios, cuando responde
viene la muerte por correspondencia.

Si no fuera cobarde, si, más fuerte,
en un rayo pudiera por la boca
expulsar este miedo de la muerte,

como este inmortal encadenado
sería puro en el dolor. ¡Oh roca,
mundo mío de sed, mundo olvidado!

Si sientes que te llama el abismo del cielo… – Pere Gimferrer

Si sientes que te llama el abismo del cielo,
con un grito de abismo, si te aspira
a lo alto, a lo hondo, donde más se oscurece
la melena de nieve de los astros
o el escamoso hielo de la noche,
o si, con voz más ruda aún, te llamas tú mismo
y no puedes dejar de oir tu grito, áspero
como al oído pálido de un sordo,
o insidioso y desnudo como un agua
que con un resplandor de hacha hiere la luna:
si te llamas al centro de ti mismo, si sientes
que todo aquel llamarte es encontrar un centro
y tú mismo apareces en tu nudo de luz;
si te llaman desde dentro de ti, cuando te mires
¿verás el sueño que soñé yo anoche?
No es ver exactamente, porque no lo veía,
sino que más bien yo era mi sueño.
No era que me viese a mí mismo; era ser
algo que existía y era yo.
Porque el tema de las apariciones
es el tema del yo. Pero esa vez
no vi ninguna identidad concreta:
no se me apareció ninguna imagen.
No hubo desdoblamiento ni hubo mirada. Era
el negativo de la vida, estado nulo,
el silencio del río despoblado de agua,
la claridad de un cielo que desviste su azul
y es cielo aún: fulgores invisibles,
que siento en un vacío de visibilidad.
Así el lecho de Un río: tierra, piedra, reposo,
sequedad devastada, rama, verde rencor
que desertó del mundo vegetal, humedades
bebidas por el yermo. Mirad, la luz rebota
y todo son peñascos, polvareda famélica:
pero ahí vive el agua. Es una ausencia,
violenta como el sol, que nunca fluye
petrificada, un hierro que se incrusta en lo inmóvil,
agua ya liberada de ser agua, pesando
en el lecho del río. Como el rumor de un agua
que no pasa en el lecho de este río agostado.

Poesía de todas la épocas y nacionalidades