Cuando muera
no te eches a llorar,
échate la siesta con tu amante de turno.
Cuando muera
no te eches a llorar,
échate el alma a la espalda
y mi amor a los pies
como aquel día.
Cuando muera
no te eches a llorar,
seré yo la que llene con mi llanto
tus manos vacías.
A veces
gritar es acariciarte los muslos, o torpemente
girar con el escualo de tu sueño aterido
Tropezar en la blancura,
sumir la negra boca en tu pelo y sentir
hambre en las raíces
A veces aullar es amarte,
jugar a los dados con un lobo, otear
en el aire arrasado las naves
de la sangre. Creí que te besaba
cuando la hoz solar me cercenó los labios.
Que no me coma la envidia,
la peor enfermedad;
que no sepa de venganza
ni aun cumpliéndose en justicia;
que guardián no sea el odio
de una apagada alegría;
que el rencor no me empobrezca
a la hora del balance.
Y que todo sea así
no para ganarme el Cielo
sino por que vuele en paz
mi ceniza en el olvido.
Ya no había oficialmente ingleses en la India
cuando mi padre decidió irse a Simla
y comprar una antigua casa de residentes británicos,
una casa en la falda de la montaña, envejecida.
Dio clases de lengua y trabajó en sus estudios
sobre budismo y cultura hinduista.
Tenía pocos amigos y por la tarde, en un viejo
bar que daba al valle, bebía unos güisquis
sin hielo. Miraba el paisaje, los montes,
creía en ángeles extraños que pasaban
de cuando en cuando por las alturas del mundo,
que debían ser también las alturas de la mente…
¿Gozosamente cansado de todo, del sueño, de la vida?
Dejó escritos bizarros sobre filosofía zen,
tenía un par de amigos jóvenes que le traían té
y buscaban fuentes por monasterios y viejas bibliotecas…
Nadie lo entendimos nunca muy bien.
Era un buscador, un explorador inmóvil.
Dejó un epitafio que ahora lo cubre:
«No pedí venir ni he pedido largarme.
Pero escucha: irse es mejor que permanecer.»
Debería llover
y hace falta ser lluvia,
caer en los tejados y en las calles,
caer hasta que el aire ponga
ojos de cocodrilo
mientras muerde la tierra igual que una manzana,
caer sobre la tinta del periódico
y caer sobre ti
que no llevas paraguas,
que te llamas María y Almudena,
que piensas como abril
en hojas limpias bajo el sol de mayo.
A veces una piel
pudiera ser la única razón del optimismo.
Ya no sé escribir, ya no sé escribir más.
La tinta me embadurna los dedos, las venas…
-en el papel dejé toda mi sangre.
¿Dónde decir, dónde dejar dicho, dónde inscribir
la pulpa del áureo fruto sino en el fruto,
la tempestad en la sangre sino en la sangre,
el árbol y el viento sino en el viento de un árbol?
¿Dónde podré decir la muerte sino en mi muerte,
muriéndome?
Lo demás son palabras…
Ya no sabré escribir nada mejor.
Demasiado cerca de la vida vivo.
Las palabras se me mueren adentro
y yo vivo en las cosas.
Combar los pezones un poco soberanos
no me veta. Tampoco vadeo si surge
la bagatela. Me muero en pequeño,
casi de mentira, porque después soy como otra,
que se desarticula oceánica
y queda esparcida a modo de ápice.