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Pequeño poema a Sancho – Carlos Álvarez

A José Esteban

Ya los héroes no visten armadura
ni aprenden el manejo de la lanza,
ni van por los caminos
en busca del amor y las batallas.
Hubo un tiempo quizá, o acaso nunca,
–ni entonces ni mañana–
para los héroes que buscaban sueños
en tanto el campesino alimentaba
la gleba con su sangre
enraizando en la tierra sus entrañas,
y que en sueños y sangre
y una sutil materia se bañaban,
pero no en el sudor de cada día
ni en el quehacer continuo
de cultivar la tierra y abonarla.
Acaso Dulcinea fue un instante
la mujer fatigada de La Mancha,
pero su nombre ahora
es Aldonza Lorenzo: tal se llama.
Ése es su nombre, y su destino es ése:
levantarse de sol cada mañana,
trabajar sin descanso todo el día
desde la luz que anuncia la jornada
hasta el primer silencio de la noche,
juntarse con la tierra y fecundarla,
agrietarse las manos contra el viento,
curtirse bajo el sol cada segada,
endurecer su piel bajo la lluvia
y por dentro ser blanda como el agua.
Ya los héroes no visten armadura,
mas no por eso faltan;
si veis con ojos limpios,
es fácil encontrarlos de mañana
cuando van al trabajo o, por la noche,
cuando vuelven cansados a sus casas.
Ya no atacan la paz de los molinos
–son hermanos del pan, y el pan les falta –
y apenas tienen tiempo
para soñar con bellas encantadas...
es muy duro el trabajo cada día,
y empieza muy temprano la jornada.
Ya los héroes no visten armadura
–un mono azul es su uniforme y gala –
ni se bañan en sangre de dragones
sino en sudor y grasa.
Pero a veces descienden a la tierra:
al silencioso centro de su entraña
misteriosa y oculta (como Orfeo
en busca de su amada)
y encuentran el grisú entre las tinieblas
o alguna muerte antigua y más lejana.
Ya no buscan el sol como, otro tiempo,
rebelde, Prometeo lo intentara,
pero queman sus ojos y sus manos
mordidos por el oro de las fraguas,
o a Ícaro recuerdan en su vuelo
desde el andamio hasta el dolor, sin alas.
Ya los héroes no visten armadura
ni aprenden el manejo de la lanza,
pero están con nosotros en la tierra
sembrando su sudor y alimentándola.

Después… – Carlos Álvarez

A mis amigos
Belén y Julián Marcos

Después parecerá lo más sencillo
repartirse entre todos, con la calma
fecunda de la lluvia,
que madura la tierra y la alimenta
con su noble cadencia acompasada;
sentir el goce pleno del instante;
nacer cada mañana
con toda vida nueva que amanece,
y acabarse y surgir a cada vuelta
con la tranquila sencillez del alba;
reírse con la risa del hermano;
morder la fruta amarga
del dolor de los otros y, entre todos,
deshojar el rosal de la esperanza;
sentir sobre los hombros
el tamaño y el peso de la tierra
con la medida a cada esfuerzo exacta,
y tener siempre a punto entre los labios
una nueva canción para el momento,
y una nueva ilusión para el mañana.

En la taberna – Carlos Álvarez

Pero a veces las cosas no resultan tan claras.
Abandono las calles del centro, y las afueras
me acogen con su clima de misterio
y el tenue parpadeo de sus luces escasas,
y entonces, ante un vaso,
con los amigos viejos y los amigos nuevos,
en la tasca del barrio, cuando muere el crepúsculo
y el vino más barato nos inunda de besos,
(huésped agradecido de los labios
pero que quiere ver, como hermano indiscreto,
la sombra más oculta
y el rincón más lejano del corazón despierto)
entonces, ante un vaso, me embriagan las palabras
de los amigos viejos y los amigos nuevos:
–De acuerdo estoy en todo lo que dices...
–Estamos convencidos, compañero...
–Lo que piensas, muchacho, es muy hermoso...
–El momento, verás, ya no está lejos...
Y cuando, ya borracho de escuchar los abrazos, 
y de apretar palabras, y de beber ensueños,
abandono a los míos y me lanzo a la noche
ya no sé si dormido, ya no sé si despierto,
las cosas me resultan cada vez menos claras...
Porque si bien es cierto que es muy fácil
encontrar la palabra donde estamos de acuerdo,
el hambre no se cansa de andar por nuestras calles,
y continúa el barro, y el hastío, y el miedo.

Alguna vez me sorprendió la noche
muy lejos de mí mismo, en el camino
mil veces transitado
que empieza en dos premisas ya olvidadas
y desemboca siempre en el vacío.

Es hermoso pisar la carretera
o escuchar el crujido de la rama
dormida en el sendero,
cuando se tiene por delante un día
al margen reposado del trabajo,
y comienza el silencio a posarse en los árboles,
y el pecho está sereno y tu momento es tuyo,
y puedes largamente
permitirte el placer de dejar que se pierdan
tus pasos y tus sueños
por el más amplio mar, sin que vigile
tu marcha otro mirar que el de la estrella.
Si acaso lo consigues, es posible
que pienses un momento
al escuchar la música del río,
al contemplar el lienzo de la noche,
que en verdad es magnífico y perfecto
el mundo en que vivimos, y admirable
su belleza templada y apacible.
Pero entonces acaso,
cuando el aire es más límpido y más noble
el curso sosegado del arroyo
y el gozo que del pecho fue a tus labios
y completó el paisaje sorprendido,
ocurre acaso entonces
que el ladrido de un perro vagabundo
se enfrenta con la noche, y es bastante
la imagen que se cruza para hacer que despiertes
y una mano te coja por el brazo
clavándote en cualquier encrucijada,
y te indique el semáforo alumbrado
en el rincón más hondo del cerebro
que conduzcas despacio tus premisas
porque, aunque el bosque es amplio,
la noche no desborda su mensaje de sueños
con la misma medida en cada brote
nacido de la tierra,
y no lejos de ti se halla el hermano
a quien le está prohibido
disfrutar del dormido y admirable
nocturno acompasado de los campos.

En busca de la manzana – Carlos Álvarez

Si no hay una manzana sin gusanos en el mundo,
¿para qué quiero yo los sesos?

LEÓN FELIPE

Buscaré sin descanso la manzana...
Por todos los jardines del mundo y los caminos
donde el árbol me tiente con sus ramas.
Me acercaré despacio a cada intento
bajo el limpio frescor de la mañana,
la frente en equilibrio,
abierto el corazón a la esperanza,
y el beso entre las manos
con el gesto preciso al arrancarla...
(y limpiaré mi corazón primero
para morder su pulpa y encontrarla
perfecta de sazón y sin gusanos).
Entonces la manzana
marcará la medida del corazón del hombre,
y su fragancia sana
nos dará el alimento madurado
que permita esperar un distinto mañana.

Primera casa – Yolanda Castaño

Todo lo que fui olvidando
lo recuerda mi cuerpo por mí.

El pozo, el túnel, el
botón de arranque.
Pura demo(n)stración.

La unidad familiar comienza con el ruido de un cuerpo.

Con ellos tengo este puente y su lenguaje secreto.
Nada más sabio hay que sus brincos maullidos,
la espuma de sus olas ilumina nuestros pies.

En cuanto mis caderas avanzan por esa casa
la derecha masca la pertenencia,
la izquierda aprende a refundarse.
Las líneas de mi frente hacen   todo lo contrario,
riega el vientre la flor de la división.

A toda casa se ingresa siempre a través del cuerpo.

Que más quisieras que un poema se escribiese con estos dedos
capaces de ir y pulsar teclas tan altas.
Umbral, resorte, código.
No con la inteligencia, ahora.
Con las manos.


Elegía a la belleza exterior – Eugenio de Nora

Quiero cantarte hoy, amor mío,
con voz de cielo bajo el agua.
Tú me estás arrancando con la vida
esta canción, ay, ésta, la más tierna y amarga.

Tú me estás enseñando con la y ida
un paraíso de rosas y manzanas;
por tu mirada niña y tu voz sola
la primavera más antigua canta.

Aquí me tienes queriéndote tanto,
llorándote como una flor sin alas,
porque te vi, y ya no podré quejarme
si no encontré lo que buscaba.

¡Yo te busqué! Pedí al mundo y al sueño
una forma que me expresara,
y anhelé, sobre todas las cosas,
conocer la verdad de mi alma.

¿No existe nada, amor, que nos exprese?
¿Tu eres también también desesperanza?
Aquí estoy otra vez sin respuesta
mientras todo es tránsito y sueño y distancia.

Pero ya no podré quejarme
aunque me cieguen la mirada.
He visto en ti lo deseado
bajo la luz de la esperanza.

Ya te miré. No sólo el cielo
de lejanía inviolada,
el misterioso país de las formas
que enseñan ensueño y distancia.

No sólo ángeles y diosas
en la niebla azul de la fábula.
¡Sino también lo bello aquí,
la tierra hermosa y su abundancia!

Cada vez que la vida agita
como una brisa la pradera mágica,
miro pasar la belleza sangrando
música y besos y palabras;

entonces, amor mío, llega
la primavera casi extenuada,
y hace nidos en tus cabellos
para mis palomas y palmas;

entonces, amor mío, entonces,
todo en el mundo se prepara
para cobijarse en tus ojos
como un anillo en el fondo del agua

y surgen vivas en tu boca
todas las flores que esperaban.
¡Oh, noche de mi corazón
llena de pájaros que cantan!

¿Quién no querrá llorar de fuego
amordazado por mil guitarras?
¡Amor! ¿Quién no te verá entonces
durmiendo en brazos de la nada?

Cuando dos horas de flor joven
van a juntarse o se separan,
cuando la última pared se rompe,
nos asomamos otra vez al alma.

Hemos llegado ya a la cima,
desdoloridos y sin ansia.
Pero esperamos descanso y respuesta
y vemos sólo otra vez distancia.

Aquí me tienes aún mirándote,
soñándote con la nostalgia
de no haberte visto en la vida.
Aquí tienes mi herida esperanza.

¡Ese soy, sobre nuestra muerte!
¡Roto en la luz de tu mirada!
¡Llorando, soñando por ver
a través de tu forma mi alma!

Voy a sentarme junto al río,
y miraré pasar el agua.
Te vi. Ay, de mí. No diré
que no encontré lo que buscaba.

 

Puertas cerradas – Blas de Otero

                             A Rafael Alberti
                             Pleamar, 1944

¿No son ángeles ya, no voladores,
ni tampoco relámpagos suspensos,
son errantes espumas, desfloradas
flores que, abiertas, vengador de flores,
un viento viene y giran desaladas,
como ayer, en la tierra que era cielo,
al vuelo y levantadas
a las hermosas de la luz vio en ramo;

no son ángeles ya, sino quemadas
carnes, trizas del alma, tramo a tramo
ardidas, consumidas,
como, siendo mortales,
arde, consume Dios y quema vidas?

¿Solo siguen, reales,
rabiando y sin poder desorientarse,
los cuatro puntos vivos cardinales,
cuatro estrellas y un mar tan marinero,
este o este, dejadme, el que yo quiero
es el sur, que, si cuatro, miro iguales?

Las aguas maternales.
Blanco y azul, si carmen, pescadores
de carmines ponientes enredados.
Las manos, redes, y los peces, flores
submarinas. Los peces de colores.

Un marinero en tierra.

Y un golpe, no de mar, sino de guerra,
que destierra los ángeles mejores.

No había ninguna huella sobre la piel del mundo… – José Julio Cabanillas

No había ninguna huella sobre la piel del mundo.
La luz alumbró el mar y despertó a las olas.
Y si rozaba un monte, de allí brotaron pájaros
y loca de contento, alborotó los ríos.
Allí había estado él para el milagro.
Pero luego, de pronto...
se plegaron dos alas. Se acercó el mensajero
al trono de los tres
y atónito contó lo que había visto.
De la tierra venía y se encontró en un valle
con algo que cantaba y no era ningún pájaro.
Preguntaba y no era ninguno de nosotros.
Despertaba a los árboles y no era la luz.
Erguido levantaba la frente hacia las nubes
y el cuerpo era de barro húmedo todavía.
¿Un error? Es el hombre, oyó que le dijeron.
Luego besó el estrado y desplegó las alas
y voló a dar aviso.
Vio la primera sombra sobre la piel del mundo.

Detrás – Rocío Arana

DETRÁS de la venta silenciosa
ropa blanca tendida y edificios
y un pedazo de césped con arbustos
pequeños y amarillos.
Una radio
como un brasero viejo me acompaña, 
y un recuerdo también, y gota a gota.

Hay días de distancia, señalados
en algún almanaque con un trazo de tinta
morada, por lo menos.

Detrás brillan las luces de noviembre, 
las velas encendidas, las canciones
tristemente felices de los Beatles.