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Yo amo a una mujer – Elvira Sastre

Yo amo a una mujer
que me incomoda, que me
hace cuestionar los tamaños de
los planetas cuando choca contra
el mío y no se mueve.

Yo amo a una mujer
que es silencio, a quien solo
entiendo cuando no habla o
cuando lo hace tan despacio que
le respondo en un sitio diferente.

Yo amo a una mujer
que sufre, que sabe llorar y eso
me gusta, que sabe callar y eso
es necesario, que sabe gritar solo
donde hace falta y eso, eso la hace cierta.

Yo amo a una mujer
que no me obliga, que sabe saltar
y caer en otro sitio, que no se queda
en los lugares que la dañan, que me
deja dormir con mi tristeza y despertar con ella.

Yo amo a una mujer
que escoge las palabras, que las cuida
y acaricia igual que a mis problemas,
que las repasa con el mismo dedo
con el que se quita la lágrima el día en el que
todo es demasiado. Una mujer
que respeta las letras y sabe colocar
los espacios necesarios, una mujer
que me enseña cómo respira el aire.

Yo amo a una mujer
con un idioma propio, que se inventa
mis preguntas, que me clava las uñas
solo para salir a coger aire, una mujer
que tiene en su lengua el único idioma que conozco.

Yo amo a una mujer
que me ama, y eso es solo coincidencia,
eso es solo un acierto colocado a tiempo
por las montañas que nos rodean,
ni siquiera es suerte, no,
eso es solo lo que le contaré a mi futuro
cuando mi pasado pregunte por qué ella,
por qué tan fácil.

Yo amo a una mujer
que me ama
porque la mujer que yo amo
es mucho más que todo esto.

Ahora que ya no ofrezco – Antonio Hernández

Ahora que ya no ofrezco a su seno la rosa
que la niñez entrega, ni la gracia me fluye
como de un arriate el color y el aroma,
ahora, cuando soy como un cero a la izquierda
de la pureza, ahora
que no tengo ya lengua sino para cantar
ahogado cuanto un día me dejé entre sus cosas,
a un paso de la muerte y un paso de la vida,
en medio de la tumba y de la luz, es gloria
pensar que me arrodillo en mi río y con agua
bendita me persigno, me confieso de toda
ausencia y, perdonado, tomo la luz, los aires,
el sol, la brisa, el mar de allí, como quien toma
en un domingo claro que es orilla de un dios
la eternidad de un día de la sagrada forma.

Tu boca violeta – Claudio Rodríguez Fer

Tu boca violeta boreal y venérea
levita por el cosmos inmensamente abierta
manando levemente lava rosa
en la hora horizontal de las cavernas de carne.

Tu boca violeta es de hierro fundido
tiene el fulgor de la obsidiana en el talle de las amazonas
y la impudicia polar de sus tangas de morsa.
Sobre magmas de ámbar orificios volcánicos
escupen saliva negra contra el relámpago que hierve
en las tubulares sendas para el semen letal.

Tu boca violeta tiene la dulzura de la leche más azul:
es como un diplodocus que se amara en silencio
entre maíz zafiro y amapolas de grutas uvulares.
Vamos a los puertos grises sobre petróleo blanco.
El aliento lácteo que arremolinas petrifica mi líquido
y desata el instinto de nadar a panteras.

Tu boca violeta de contornos infinitos
se entreabre a todo lo que sea de lila.
Las montañas de azúcar de tu patria Pomona
y los lagos de licores de jauja o de cucaña
resbalan mansamente por utopías lascivas
mientras muerde el rubor y gallonas las vulvas.

Tu boca violeta boreal y venérea
abocina tus labios con gestos de gruta
y a latigazos irrumpe eruptiva y volcánica.

Amo la lengua de sierpe que se enrosca y se estira
como funda de fruta o piel de ventosa
que nos lleva adonde la aurora no preludia arenarias.

Amaré tu lava sobre todas las cosas
y el bilabial crepúsculo sabrá como hablo.

Hombres al natural – María Sanz

Son seres grises,
inequívocamente masculinos,
que lo mismo me envían
algún ramo de rosas
con cuatro plenilunios de retraso,
que intentan sorprenderme
al llegar en su lata
(léase coche) último modelo
donde se sienten mágicos.

Seres brillantes,
portadores de un agua de colonia
que anuncia su presencia
con cuatro primaveras de adelanto;
hombres al natural, de calle y riesgo,
que buscan evadirse
llevándome a cenar. Puedo ingerirlos
antes de que caduquen,
pero se me indigestan
media hora después, y no merece
la pena estropear esa velada.

Madre Naturaleza,
los pones a mi alcance, y agradezco
tus sabias intenciones.
Pero yo siempre he sido
inequívocamente femenina,
y declaro ante ti que cada vez
es mayor la distancia que nos une.

La condena – Felipe Benítez Reyes

El que posee el oro añora el barro.
El dueño de la luz forja tinieblas.
El que adora a su dios teme a su dios.
El que no tiene dios tiembla en la noche.

Quien encontró el amor no lo buscaba.
Quien lo busca se encuentra con su sombra.
Quien trazó laberintos pide una rosa blanca.
El dueño de la rosa sueña con laberintos.

Aquel que halló el lugar piensa en marcharse.
El que no lo halló nunca
es desdichado.
Aquel que cifró el mundo con palabras
desprecia las palabras.
Quien busca las palabras que lo cifren
halla sólo palabras.

Nunca la posesión está cumplida.
Errático el deseo, el pensamiento.
Todo lo que se tiene es una niebla
y las vidas ajenas son la vida.

Nuestros tesoros son tesoros falsos.

Y somos los ladrones de tesoros.

Lo que somos – Antonio Lucas

Lo que tus ojos ven dentro de ti,
los números y leyes de la sangre,
el frío lentamente entre tus bienes
y aquello que la edad ha generado,
no es la vida exactamente,
ni el azúcar tortuoso del azar,
ni la horca del destino como halago.

Lo que tus ojos ven dentro de ti
pudiera ser
la única verdad de este derrumbe,
la mordida moneda de los años,
el ajedrez violento del insomnio,
el faenar del nombre que te dieron donde nunca estás del todo,
cazador iluminado.

Lo que tus ojos ven dentro de ti
es algo que sube de la infancia con sus festivas bestias arrojadas,
es un agua desfilando por las cuatro calles de tu miedo
con su fulgor descalzo.
Porque amas lo que se enciende.
Porque empezaste a morir lentamente hace más de 30 años.
Porque sólo sumas ya intemperies.
Porque aún aprendes del fracaso y en cada desengaño ves un pájaro.

Lo que tus ojos ven dentro de ti,
ese batir de bosque o de hombre huyendo,
es aquello que aún no has dicho.
Todo lo que adoras en secreto.
Todo lo que odias como se odia de un país a los héroes indultados.

Lo que tus ojos ven dentro de ti
tan sólo es la deuda entre dos anatomías,
un pálido animal hecho en silencio
que sólo del andar fue triste escombro.

La técnica del mundo ha sido esa:
hacer de cuanto existe un mal acuerdo humano.

Aquello que tus ojos sólo ven dentro de ti.
Y es tan extraño.

Killing me softly with his song – Ana Rossetti

No quisiera llorar si su música, mientras
mi habitación invade, la desborda,
y en los balcones yergue sus mástiles de oro.
No quisiera llorar. Con su gozo se exalta
mi tristeza: la música es tu nombre
pronunciado que te devuelve niño,
que te florece en mí y en mi carne te habita
y te detiene.
Asalta Mozart mi memoria inquieta
y tórnase tu ausencia en nomeolvides,
las lágrimas descorren sus cortinas
y el sol se precipita como una cimitarra.
Me sobresalta Mozart, arcángel, salta,
vierte sus azucenas en mis manos
y con su espada incendia los cristales.
No quisiera llorar, ya no, mientras su júbilo
abre una dulce herida en mi ternura,
no sé si de esperanza o de desasosiego
–oh niño mío, Mozart–
Yo quisiera, tan sólo yo quisiera,
suavemente morirme si él está cantando.

Hallar al fin – Esther Giménez

Mirarte a ti a los ojos más atenta.
Perderse en línea recta en la que busco.
Sólo encontrar la puerta tras la puerta,
espejo en el espejo más minúsculo.

El Aire, el Agua, el Fuego, solo estrella.
El Big Bang de moléculas del Mundo.
Responderse «verdad » por si se acierta
y no acertar. Volverse a un mismo punto.

Leerte a ti en los ojos un poema.
Buscarte donde estás, cavar la justo,
descifrar los estratos de La Tierra
y no acertar. Volverse eterno alumno.

Azar. Hallar al fin. Mirarte dentro:
certeza de que no hay Quinto Elemento.