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Que te amé, sin rival, tú lo supiste… – Guillermo Valencia

Que te amé, sin rival, tú lo supiste
y lo sabe el Señor; nunca se liga
la errátil hiedra a la floresta amiga
como se unió tu ser a mi alma triste.

En mi memoria tu vivir persiste
con el dulce rumor de una cantiga,
y la nostalgia de tu amor mitiga
mi duelo, que al olvido se resiste.

Diáfano manantial que no se agota,
vives en mí, y a mi aridez austera
tu frescura se mezcla, gota a gota.

Tú fuiste a mi desierto la palmera,
a mi piélago amargo, la gaviota,
¡y sólo morirás cuando yo muera!

Árboles finales – Ramón Andrés

Los árboles que nos quedan son aquéllos,
los todavía no alcanzados. En sus claros se decide
qué sombra infundir en cada uno de nosotros.
Tienen, a su modo, una voz de llamada hacia arriba,
como el que arquea las manos en torno a la boca
para ser oído en lo más alto y pedir que alguien
se haga cargo de los que estamos aquí. Ultimados.
Todo árbol cobija a un muerto y lo mantiene
en la savia, lo hace suyo y lo ampara, le da un suelo
de corteza y de hojas caídas para él.
Los bosques pueden salvarse en los que han sido,
quiero decir, en el recuerdo que guardamos de ellos.
Tendrá un hogar en el color del haya quien los defienda.
Hay árboles que parecen anteriores a la tierra, los robles
y los tejos, por ejemplo, arraigados en una mano perdida
y mortal que quiso hacer el mundo y no pudo.
Escuchadlos en sus ramas; nos avisan, aconsejan.
Son las obras completas del reposo.

Antes de amarnos – Lina Zerón

¿Qué fuimos antes de amarnos?
¿Quién eras tú?
¿Y yo quien era?
Fría lumbre en los labios contenida,
rígido corazón opaco,
áspero fruto mi vientre,
ligero ropaje de verano tu mirada.

Ahora que nos amamos…
fuego somos donde mariposas se suicidan,
cuerpos de luz,
piel ardiendo en rojas llamas,
hechizo inacabable.

Unidas en el mismo cuerpo sombras somos,
sueños revelados en poemas,
atraídas mareas por la luna,
enormes olas de amores fatigadas.

Ahora que te amo…
un insecto que nace en las mañanas
y muere por la tarde entre tus muslos soy,
suspendidas gotas de placer,
suspiro de Sol en el cenit,
sirena de agua dulce,
develada estrella bajo tu cuerpo.

Ahora que tú me amas…
eres símbolo de alianza entre los dioses,
amuleto colgando de mi cuello,
turbulenta agua con que mis flores riego,
lámpara que guía a los ciegos soy.

Ahora que nos amamos…
somos raíces cálidas de la tierra.

Oyes esa música – Clara Janés

¿Oyes esa música
que cruza como luz la oscuridad
mientras la oscuridad gira
y yo con ella?
¡Con qué fuerza
se abre paso
y llega incluso
a mi lugar más remoto
cercado también de sombras!
Pero el latido
que brota allí
nadie lo oye.
Nadie, como yo, sabe
que existo
y creceré
y amaré
como aman estos brazos
que me sostienen
porque no sé andar aún…
Pero escucha, escucha:
todos los árboles se mecen
en la música.
Y en mi interior,
donde un secreto sol
me hace adivinar
el sol secreto
de la oscuridad.

Luna de los amores – Leopoldo Lugones

Desde que el horizonte suburbano,
El plenilunio crepuscular destella,
En el desierto comedor, un lejano
Reflejo, que apenas insinúa su huella.
Hay una mesa grande y un anaquel mediano.
Un viejo reloj de espíritu luterano.
Una gota de luna en una botella.
Y sobre el ébano sonoro del piano,
Resalta una clara doncella.

Arrojando al hastío de las cosas iguales
Su palabra bisílaba y abstrusa,
En lento brillo el péndulo, como una larga fusa,
Anota el silencio con tiempos inmemoriales.

El piano está mudo, con una tecla hundida
Bajo un dedo inerte. El encerado nuevo
Huele a droga desvanecida.
La joven está pensando en la vida.
Por allá dentro, la criada bate un huevo.

Llena ahora de luna y de discreta
Poesía, dijérase que esa joven brilla
En su corola de Cambray, fina y sencilla,
Como la flor del peral. ¡Pobre Énriqueta!

La familia, en el otro aposento,
Manifiéstame, en tanto, una alarma furtiva.
Por el tenaz aislamiento
De esa primogénita delgada y pensativa.
«No Prueba bocado. Antes le gustaba el jamón.»
«Reza mucho y se cree un cero a la izquierda. »
«A veces siente una puntada en el pulmón.»
-Algún amor, quizá, murmura mi cuerda
Opinión…

En la obscuridad, a tientas halla
Mi caricia habitual la cabeza del nene…
Hay una pausa.
Pero si aquí nadie viene
Fuera de usted», dice la madre. El padre calla.
El aire huele a fresia; de no sé qué espesuras
Viene, ya anacrónico, el gorjeo de un mirlo
Clarificado por silvestres ternuras.
La niña sigue inmóvil, y ¿por qué no decirlo?
Mi corazón se preña de lágrimas obscuras.

No; es inútil que alimente un dulce engaño;
Pues cuando la regaño
Por su lección de inglés, o cuando llévola
Al piano con mano benévola,
Su dócil sonrisa nada tiene de extraño.

«Mamá, ¿qué toco?», dice con su voz más llana;
«Forget me not?…». y lejos de toda idea injusta:
Buenamente añade: «Al señor Lugones le gusta.»
Y me mira de frente delante de su hermana.

Sin idea alguna
De lo que pueda causar aquella congoja
-En cuya languidez parece que se deshoja-
Decidimos que tenga mal de luna.
La hermana, una limpia, joven de batista,
Nos refiere una cosa que le ha dicho.
A veces querría ser, por capricho,
La larga damisela de un cartel modernista
Eso es todo lo que ella sabe; pero eso
Es poca cosa
Para un diagnóstico sentimental. ¡Escabrosa
Cuestión la de estas almas en trance de beso!
Pues el «mal de luna», como dije más arriba,
No es sino el dolor de amar, sin ser amada.
Lo indefinible: una Inmaculada
Concepción, de la pena más cruel que se conciba.

La luna, abollada
Como el fondo de una cacerola
Enlozada.
Visiblemente turba a la joven sola.
Al hechizo pálido que le insufla,
Lentamente gira el giratorio banco;
y mientras el virginal ruedo blanco
Se crispa sobre el moño rosa de la pantufla.
Rodeando la rodilla con sus manos, unidas
Como dos palomas en un beso embebecidas,
Con actitud que consagra
Un ideal quizá algo fotográfico,
La joven tiende su cuello seráfico
En un noble arcaísmo de Tanagra.

Conozco esa mirada que ahora
Remonta al ensueño mis humanas miserias.
Es la de algunas veladas dulces y serias
En que un grato silencio de amistad nos mejora.
Una pura mirada,
Suspensa de hito en hito.
Entre su costura inacabada
y el infinito…

DESAPEGO DE LA HIJA – Gioconda Belli

Desde que creció me esquiva.
Alondra volando sola
alas con filo tomando altura
para desde lo alto
sacudirse mi amor como un estorbo.
La pájara pinta
mi muchacha con el garbo de una garza
a la orilla del mar
tiene la mirada lejana
de quien se sabe llegada de un lugar distante
extranjera en una tierra donde otros se reconocen.
¿Cómo sorber el aire que la aleja
soltar las plumas de los cisnes
para labrarle un nido mullido y seguro
donde atracar?
¿Cómo traducirle a su idioma de pájara
el amor del cuerpo que sin hacerla la hizo
que sin nacerla la nació
que la amará a través del espacio
a través del largo viento y la nube
que ella cabalga
evitando acercarse?
¿Cómo puedo yo
sin usar estrategias de guerra
cortarle la retirada?

Tu corazón, una naranja helada… – Miguel Hernández

Tu corazón, una naranja helada
con un dentro sin luz de dulce miera
y una porosa vista de oro: un fuera
venturas prometiendo a la mirada.

Mi corazón, una febril granada
de agrupado rubor y abierta cera,
que sus tiernos collares te ofreciera
con una obstinación enamorada.

¡Ay, qué acometimiento de quebranto
ir a tu corazón y hallar un hielo
de irreductible y pavorosa nieve!

Por los alrededores de mi llanto
un pañuelo sediento va de vuelo
con la esperanza de que en él lo abreve.

Tú siempre tan bailón, corazón mío… – Claudio Rodríguez

Tú siempre tan bailón, corazón mío,
¡métete en fiesta; pronto,
antes de que te quedes sin pareja!
¡Hoy no hay escuela! ¡al río,
a lavarse primero,
que hay que estar limpios cuando llegue la hora!

Ya están ahí, ya vienen
por el raíl con sol de la esperanza
Veo que no queréis bailar conmigo
y hacéis muy bien. Si hasta ahora
no hice más que pisaros, si hasta ahora
no moví al aire vuestro
hombres de todo el mundo. Ya se ponen
a dar fe de su empleo de alegría.

¿Quién no esperó la fiesta?
¿Quién los días del año
no los pasó guardando bien la ropa
para el día de hoy? Y ya ha llegado.
Cuánto manteo, cuánta media blanca,
cuánto refajo de lanilla, cuánto
corto calzón. ¡Bien a lo vivo, como
esa moza se pone su pañuelo,
poned el alma así, bien a lo vivo!

Echo de menos ahora
aquellos tiempos en los que a sus fiestas
se unía el hombre como el suero al queso.

Ésas, las otras – Julia Santibáñez

Las cosas insustituibles
son las que nunca tuve,
cuyos bordes no acaricié distraída
por soberbia de costumbre,
como ese collar de plata que jamás fue mío.
De noche a veces me despierta
el murmullo abrumador de las ausentes,
su no estar meticuloso que evoca
en negativo
a quien pude haber sido con su aliento,
a la que sería con su rutina.

Contrapicado – Diego Medina Poveda

Desde la Tour de la Bretagne de Nantes

Abajo la ciudad nos contemplaba
en un contrapicado fastuoso
urdida en la corteza de las calles,
éramos esta vez
nosotros los gigantes y vigías del abismo.

No había edificio que pudiera
vencer la altura inmensa de sus ojos,
urbanas aves
que posan el deseo en ascensores
y suben por encima de las tardes.

Fundida al horizonte, recuerdo su sonrisa,
trémula por la luz que claudicaba,
y el rayo verde – al fin nuestra esperanza
encendida en la lumbre de una estrella
se desplomaba astuta en la certeza
de la sangre caliente y de las bocas.

Dos cuerpos que habían conquistado
el tiempo y su metrópoli
se besaban de noche vencedores
de la hora incesante,
del tráfico perpetuo de los días.

Abajo la ciudad les contemplaba
perdidos en la cumbre de las lámparas:
más alto era el amor que los tejados.