Libro de los 39 escalones – Carlota Caulfield

1
En los espejos
diez esferas y diez decires
especulan a libro abierto:
la luz del ojo brota de la pupila
de la siempre sorprendida.

2
Pintar el mundo al revés
es recordar:
la risa del rey estalla
sobre la corona y la volatiliza.
El camino lleva a Gerona.

3
Las letras se combinan
con agua, tierra, madera,
piedras, cañas y hierro:
mientras Belleza juega
llegaré al observatorio.

4
En el universo de las notas
la armonía se define
en el peor dibujo del triángulo:
soy Antonello da Messina,
el de las trampas visuales.

5
Baúl abierto de las sustancias.
Viaje en círculos de lo que creo es.
Las pirámides, los rombos y los hexágonos
se divierten con la flor:
trazo lo oscuro y el poema se imagina luz.

6
Emana la sombra de la forma
y de la forma las desapariciones.
Mientras más se mira menos se ve:
la síntesis de todo y su opuesto
es llama propia en el interior del baúl.

7
El tejido de esencias
se hace ave, rombo y espiral.
Los sueños maduran entre los hilos
de la clave de sol hecha semilla:
el libro mudo es reflexión de azar.

8
El tiempo reposa en su apariencia
y las que soy yo viven en las paredes:
el juego de manos se resume
en un teclado que ríe peligros.
Quiero que la silla abra su nido.

9
Sin querer parecerse a nadie,
sin ser nadie,
se llega al silencio
que se parece a todo y es todo:
bordo el manto terrestre.

10
Cuando de apariciones se trata
los ojos y el alma forman el reino.
Cuando se habla de desapariciones
la consonancia se disuelve en el espejo:
dime si es hora de trazarte.

11
La niñez es una caravana sin eje:
en el medio del cero
la semilla de mostaza camina a paso lento.
Mi proceso de iniciación fue
un peregrinaje a la memoria.

12
Para emprender la búsqueda
no vale lanzarse tras el espejo:
abandona tu nave en la humedad del puerto
que el viento es favorable
y la ribera quietud y visión interior.

13
Los profetas ya no están
y los sabios son ausencia:
los sueños son ahora profetas y sabios
bienaventurados en tus santuarios
de 32 pilares matemáticos.

14
Angelo Milfastos en tu barquito pintado
ibas a dejar caer tu cuchillo en el agua:
el mundo se despoja de los ojos
y el microcosmos nos levanta por el aire.
Sin títulos me muevo por el pabellón de los cangrejos.

15
Regresamos a la fuente de los sueños y vemos las voces:
leámonos hasta la saciedad
(desterremos el color azul y seamos astutos)
despiértenos la música, cantemos el «Lekha Dodi»
en la armonía del telar de las hadas celtas.

16
Si la jornada está hecha de metáforas.
viajemos con el vagabundo, carta del tarot o cuadro:
no hay criatura más preciosa que un gato
para el alma volar tras su memoria.
Dentro de la visita al pasado margino preceptos.

17
El boceto de nuestras caras son dos espejos de mano
con nuestras manos enlazadas en el banquito del mar:
el primer beso anida en el majestuoso gigante pasado.
Amamos las cosas imbuidas de misterio.
El tesoro tiene el prestigio de lo inaccesible.

18
En el encuentro nos vimos y no sabemos quién es quién:
somos dos y una entidad que tras la pared se escurre del cofre.
Tus ojos son mis ojos que escuchan,
tras la lámpara, el poema «Zum Storchen» de Paul Celan
y recuerdan que un día también fuimos Paracelso.

19
El fragmento de arriba está timbrado
por el Splendor Solis :
campanitas, banderas, capillas, ruedas dentadas.
Si seguimos la Vía Seca o la Vía Húmeda
seremos adeptos de la nada.

20
Las planchas del espejo
contienen nuestros signos zodiacales.
Veámonos las caras de león, de cabra,
de cangrejo, de pavo real y de pez:
la magia musical es mi propósito.

21
Volemos con el papalote que nos da Remedios:
ya salimos a la calle en el tándem de huesos de pollo.
En cuanto al simbolismo del texto,
digamos que tiene un valor aproximado
de chorro de leche que cae al mar.

22
Salgo del sicoanalista con mi traje verde
después de recoger las Doce Llaves de Basilio Valentín:
el doctor Jung me ha aconsejado que con la última llave
abra el laboratorio en cuyo centro está mi padre
junto al león que vomita la serpiente.

23
La iconografía del pelo nos permite pasearnos
con la certeza de que el viaje es más seguro.
Llegaremos a tiempo para que la presencia inesperada
nos acaricie la espalda con su lengua:
ignoremos el encuadre y entremos.

24
La mímesis que Hölderlin me confió
está otra vez de verde:
me siento y me vuelvo
el eje de los secretos quiméricos
bajo la mirada de Amach.

25
Nunca antes habíamos salido a cazar estrellas.
Alguien te habló del Uno-Todo y de la constelación no vista:
la piedra blanca muerde a la piedra roja
y vemos con el anteojo cómo el dragón enano
abreva en la fuente.

26
De Zürich a Venecia volamos
en un tren sombrilla:
nuestro prestigio está en el azar y el peligro.
La metáfora del camino nos ofrece
el tejido secreto de los orfebres, y no me olvides.

27
La ruptura del círculo vicioso lleva a la infancia:
mi aro me hace hablar de juegos y de fuegos
en el ojo absoluto de lo súbito.
En el cuadro se yergue un susurro -nazco de nuevo
con la luna enlazada a la copa que mira.

28
Los tratados árabes y sus recetas sobre la coloración del vidrio
son caminos visionarios que alcanzan la salida:
Jan van Eyck descubrió una fórmula de pintura al óleo
y tú llevas el mortero del alquimista al cuello.
Llamarte es la vivacidad de mi pelo enlazado al astro.

29
Dejemos las espirales y recorramos el palacio
que más allá del mundo está sin historia:
Fray Luis de Granada tiene un libro de maravillas
con hilos en la creación de mi destino
en aquellos otros muros.

30
En el viaje circular toda superioridad
se pone en tela de juicio:
da validez a tu lectura y ascendamos al Monte Análogo.
Si rompemos el círculo vicioso inventaremos
la totalidad y el vacío de nuestro itinerario.

31
Llegó la huida y nos confundieron con los emigrantes
en el trasmundo de mi exilio sin reino:
yo, como la malabarista, he hecho prodigios
ante una multitud insensible a mi acto de vuelo y
a mis inscripciones del «centro en el triángulo del centro».

32
De idénticos hilos es mi afán de belleza
desde que se desbordó el festejo del Sechseläuten:
encontrar tu luz en la nota de San Pedro
fue cambiar mi horario gremial, desfilar con los niños
y dejar que mi traje histórico terminara solo el cortejo.

33
De la visita a la catedral he salido
como un esqueleto y su clepsidra y su flecha:
toda mortificación ha sido necesaria para el éxito.
La tríada elemental se imagina pierna entre árboles
mientras soy media luna de plata unida al león verde.

34
Gozo de trajes alusivos y de nueve meses simbólicos
entre el espacio poético y los dibujos interiores.
La escritura es una visita inesperada, hilillo fino:
«Veo prodigios que me maravillan» y confundo la historia
de la catabasis hacia el reino de Hades con la del enano.

35
Tejemos con las agujas de nuestras plumas
y brindamos «Au bonheur des dames» con alambiques estelares:
las manipulaciones del pincel satisfacen mis impulsos
de un país de los locos sobre un caballo de cartón.
El Libro de San Cipriano bebe del espejo que escucha.

36
Mi casa tiene una cocina y un laboratorio
y una despedida de varias puertas
y un viaje ansioso de De Chirico
y el paraíso de los gatos:
Belleza busca en la memoria de mi mundo alterno.

37
La tejedora de Verona me ha escrito
una carta en metal bienaventurado de Praga:
los gabinetes de curiosidades de Rodolfo II
aún contienen cabezas compuestas y versos sueltos.
-Ámame poco, pero continúa, dice el tesoro.

38
-¡Cuéntame una mentira que he de contarte
otra más grande!, dice el hada gallega
con su alegría de siempre, y me canta
aquella cantiga que nadie nunca pudo aprender:
el huso y la rueca nos hilan a lo que estaba escrito.

39
Y si mis escalones a cada rato se transmutan
es porque un cierta Tabla de Esmeralda
se ha apoderado de las válvulas de mi corazón:
entre Tuatha de Dannan y aguafuertes de islas:
cada texto es dueño de su propia red, y «todo es uno».

El retrato – Jorge Galán

No veía sus manos ni el cuchillo que sostenía,
ese brillo que era semejante al sonido
de una tormenta de nieve vista desde muy lejos,
el ruido de lo inmensamente blanco.

Tampoco veía los restos de manzanas que cubrían sus pies,
ese color destruido que subía a sus labios
que se abrían a punto de pronunciar una palabra
que era el nombre verdadero del mundo.

Dos instantes de agua tocaban sus orejas.
El cabello repartido sobre la frente
dividía en dos ecos el sonido de una ventana
que se abría, y en medio de la ventana,

una mancha de luz,

un retrato pintado durante miles de años
por los artistas de la humanidad.
La belleza depurada a través de millones de anteriores retratos
hasta llegar a la línea invisible, a la total imagen.

He llegado. Me acerco… – Álvaro Valverde

He llegado. Me acerco
con cautela a la orilla y distingo en las aguas
una suerte de antigua y fugaz transparencia.
Queda al lado un desierto, un lugar retirado
que una puerta franquea preservando el destino
de los hombres que huyen. Una breve vereda
que coronan cipreses nos conduce a la senda
reiterada, a los pasos
que se llegan a Yuste -el otoño dorado
de la hiedra rojiza y el estanque en penumbra-,
al jardín de Abadía -ruinas, mármol, canales,
Lope, acantos y olivos-.
Es difícil saber
sobre qué edificamos
la virtud. Qué lugares
-evocados o vistos- nos contienen.
Paredes,
tapias, huertos, bancales,
muros hechos de piedras
colocadas siguiendo cumplimientos idénticos.
Minuciosos remiten
a un estado de cosas que se pierde.
Enseñanzas
de la edad sometidas
a un complejo sistema en precario equilibrio.
Su presencia anticipa la verdad de la historia.
No es extraño volver, sorprendido, la vista
y caer en la cuenta: somos agua, y aun piedra;
árbol, río, retamas. Somos tierra. Hago mías
las razones de Anteo.

Arrancada a la roca la ruindad de los huertos,
empeñados en darle a las aguas su cauce,
embalsando su fuerza en los largos estíos,
aguardando la nieve transformada en torrente,
afinando en la viga la bondad de los troncos,
observando en las nubes la promesa de lluvia,
¿no cumplirnos un ciclo necesario e idéntico?

Cuestiones aplazadas – Antonio Lucas

Habré de escribir un día
cómo el hombre aprende a amar,
a tientas probablemente.
De qué delito esta hecho un cuerpo,
de qué estridencia viene,
de qué penumbra se hizo eco
para estar aquí,
y mantiene el equilibrio,
se hace viejo mirándose las manos,
y aprende de la sed y de la nieve,
igual que el pájaro.

Habré de escribir un día
a qué obedece esta sospecha anticipada,
a quién sirven mis dos ojos abiertos,
cómo nació la luz de una impaciencia,
o del saqueo de una estrella,
y de cómo se llenó la tierra
de párpados y de ventanas
aprendiendo a hacerse noche.

Habré de escribir un día
lo que ven los ciegos
en su lumbre blanca.
Qué moja el mar
a la altura de mis pasos,
a dónde va esa mercancía,
el eco de mi altura hecho de huellas,
la razón del peso de los hombres.

Habré de escribir un día,
quizá mas tarde,
de la sagrada aspiración de un dios
a ser dios sólo.
También de aquellos
que ya no espera nada
y alguna vez fuimos nosotros.
O de esos que distinguen
entre orden y deseo
y nunca desbaratan sus pasiones.

Habré de escribir un día
del piano envenenado por la música,
de los niños afilando sus garras en el miedo,
de bocas sujetando el mediodía,
de aquello que creímos ser
en frías azoteas con luna de cerveza
y ya nunca será igual.

Habré de escribirte un día todo esto.

¿Pero quién sobrevivirá a quién?

Confidencias – Felipe Benítez Reyes

Como todos los jóvenes, yo también he buscado
esa luz inquietante que brilla en la aventura.
Como todos los jóvenes, he arrastrado mis sueños
por el fango celeste de la vida nocturna.

El alcohol –que seduce– y los cuerpos –que embriagan–
me han dado la medida de unos mundos secretos
que van ya convirtiéndose en jardines de hastío,
y la pasión primera en un jardín de invierno.

Todo cansa y aburre. Las manzanas mordidas
dejan el gusto amargo de una falsa promesa:
su seducción se cumple y de pronto no es nada.
Consumar un deseo es besar a la niebla.

Como todos los jóvenes, he apostado al diablo
y he vendido mi alma a precio de inexperto;
supongo que he perdido la inocencia y la Gloria,
pero nunca los jóvenes temimos el Infierno.

Y aunque me quede tiempo y aunque el halago equívoco
del mundo me sujete, he muerto a las pasiones.
Porque todo es un lento bostezo. Y no me importa
apostar al fracaso. Como todos los jóvenes.

Ahuyentemos el tiempo – Gioconda Belli

Ahuyentemos el tiempo, amor,
que ya no exista;
esos minutos largos que desfilan pesados
cuando no estás conmigo
y estás en todas partes
sin estar pero estando.
Me dolés en el cuerpo,
me acariciás el pelo
y no estás
y estás cerca,
te siento levantarte
desde el aire llenarme
pero estoy sola, amor,
y este estarte viendo
sin que estés,
me hace sentirme a veces
como una leona herida,
me retuerzo
doy vueltas
te busco
y no estás
y estás
allí
tan cerca.

Pasión – Susana March

¡Este oleaje denso de la sangre,
marca oscura y terrible!
No amor. Ansia de besar la tierra,
los árboles, el aire.
Acaríciame…
Soy una música callada,
misteriosa y bellísima.
Acaríciame….
El mundo se llenará de sonidos vibrantes,
de un hondo rumor de caracolas.
¡Ah, esta sed! no quiero más
que morirme,
dejar mi cuerpo atrás, destruido, harapiento.
¡No quiero más que morirme!
¿Qué es una mujer desnuda?
Una ola, un bloque de mármol,
un puñado de tierra,
un cráter para mirar el infierno.

Mi alma es un vampiro grueso, granate, aterciopelado… – Marosa di Giorgio

Mi alma es un vampiro grueso, granate, aterciopelado. Se
alimenta de muchas especies y de sólo una. Las busca en la
noche, la encuentra, y se la bebe, gota a gota, rubí por rubí.
Mi alma tiene miedo y tiene audacia. Es una muñeca grande,
con rizos, vestido celeste.
Un picaflor le trabaja el sexo.
Ella brama y llora.
Y el pájaro no se detiene.

Palabras de Caín- Silvina Ocampo

He visto morir pájaros en el sol que apresura
la muerte de las hojas, morir plantas enormes,
y en la pequeña muerte de mundos multiformes
he visto la apariencia de la verdad futura.

Con un dolor celoso, con un brillo sediento,
ya me escoltan los buitres, ya contemplan mis ojos
la sangre ineludible entre los pastos rojos
y esta insólita sangre hace llorar el viento.

Yo no elegí a mi hermano, yo no elegí esta senda.
Logré con esta piedra que mi hermano muriera
pero con él no ha muerto lo que en mí desespera.
¡Dios agresivo y cruel, declinaste mi ofrenda!

Sobre el follaje lloran incestuosos amores.
¡Por qué tienen memoria el canto de tus aves
y por qué esas memorias tienen acentos graves!
¡Ah, por qué me conturba la dicha de las flores,

el gusto de la lluvia y el puñado de tierra,
y por qué me conturba la calma de la tarde,
el calor de la piedra después del día que arde!
Jehová, tu espacio pérfido como un antro me encierra.

En la colina oscura mi madre se lamenta
del cielo sobre el agua que en barro se diluye
y la majada pálida que entre las hierbas huye
lleva el color del polvo y de su mano atenta.

Con invisibles armas Jehová solo ha matado
las bestias y los árboles con su soplo divino,
infligiendo su amor injusto, adamantino.
No ve mi sacrificio, ni mi amor desolado.

En el espacio estrecho me persigue la vida,
todavía no ha muerto Abel muerto en el suelo.
Nítidamente he visto su ojo azul en el cielo
con una extraña luz de amor indefinida.

Los caballos me temen, se afligen a mi lado
y la sombra feliz de las plantas me deja
quemaduras ardientes en mi frente y se aleja
hostilmente de mí todo lo que he admirado.

Más fuerte que mis fuerzas es esta penitencia:
me persigue en la noche y el día oscurecido
la voz divina y trémula de un Dios enfurecido.
La soledad no existe, y si existe la ausencia

sólo es la mutación persiguiendo mi vida
de estos campos borrosos, de este sol que asegura
la muerte de la rosa, que pudre el agua pura
y la ternura hipócrita de Abel que no me olvida.

Siento crecer la inmóvil tristeza en mis cabellos,
y en mi cara, en el frío, el ardor del verano.
Como una incierta fruta que devora un gusano
siento en mi pecho ansioso un horrible destello.

El reproche ha vedado en mí el remordimiento
alejando el fulgor dulce de la confianza,
ha destruido el pudor de mi desesperanza.
No puedo ya vivir sin él: es mi sustento.

Mora ya en mis futuros hijos, en mis amores,
en la irascible llama del ansia que no apaga
la implacable agresión de la palabra vaga,
en la fidelidad del trigo, en los alcores.

Mora ya en la sustancia del agua, en las cisternas,
en la brisa callada que por las tardes pasa
detrás de las montañas y a las ramas enlaza,
mora ya en el color de aquella órbita eterna.

Lo que al día le pido – Vicente Gallego

Lo que al día le pido ya no es		
que me cumpla los sueños, que me entregue		
los deseos cumplidos de otros días,		
porque al fin he aprendido que los sueños		
son igual que las alas de un insecto		
y al tocarlos el hombre se deshacen;		
y es que un sueño al cumplirse es otra cosa		
que no ayuda a volar.		
Lo que al día le pido es ese sueño		
que al rozarlo se parta en otros sueños		
lo mismo que una bola de mercurio,		
y que brille muy lejos de mis manos.		
Lo que al día le pido empieza a ser		
más difícil incluso de alcanzar		
que los sueños cumplidos, porque exige		
la fe antigua en los sueños.		
Lo que al día le pido es solamente		
un poco de esperanza, esa forma modesta		
de la felicidad.

Poesía de todas la épocas y nacionalidades