Quiero que me amen con deseo
y con lujuria,
que devoren mis lagos,
mis ríos,
mis bosques de rascacielos.
Maldita puñetera.
Sé que estoy llena de rarezas,
que vivir es amar,
sufrir y aterrarse,
que se pueden buscar caricias
en la soledad y con compañía,
que a veces incendio mi cama de afecto.
Sé que estoy muda, sorda, vieja
y llena de miedo
y hace demasiados días
que desatiendo el teléfono.
Sé que vivo llena de ansiedad
y de conflictos,
soy una rosa, una niña, una palmera.
Archivo de la etiqueta: Poesia española
Escena de interior – Antonio Rivero Taravillo
Han follado
nueve minutos como nueve meses,
engendrándose y creciendo
hasta salir.
Ahora duermen:
un dedo de él en su vagina
como un pezón
en la boca de un niño.
Reseña del poeta
Por qué te olvidas, y por qué te alejas… – José Hierro
Por qué te olvidas, y por qué te alejas
del instante que hiere con su lanza.
Por qué te ciñes de desesperanza
si eres muy joven, y las cosas viejas.
Las orillas que cruzas las reflejas;
pero tu soledad de río avanza.
Bendita forma que en tus aguas danza
y que en olvido para siempre dejas.
Por qué vas ciego, rompes, quemas, pisas,
ignoras cielos, manos, piedras, risas.
Por qué imaginas que tu luz se apaga.
Por qué no apresas el dolor errante.
Por qué no perpetúas el instante
antes de que en tus manos se deshaga.
Gloria – José Julio Cabanillas
GLORIA por la Palabra que mi boca
No acierta a decir nunca, mientras mi mano tiembla
O deja garabatos rotos como la nieve
Que a copos viste de niñez los montes.
Por el lucero rojo que acompaña a la luna.
Gloria a tus labios que de luz los prende.
Por el olivo cano, desde chico tan serio,
Y luego da el aceite con su risa de oro.
Por el lomo estrellado de la trucha
Igual que el manto de Merlín y es sabia,
La más sabia del río.
Gloria por el rocío y el diminuto cielo
Que deja en cada brizna.
Por la caja de música que suena los veranos:
Con el lucero, el grillo; con el sol, la chicharra.
Y dejan al oído el más secreto anhelo.
Gloria que el día a la noche pasa.
Y por todas las cosas que no sé.
Insaciable – Yolanda Castaño
Recuerdos que refrigerar, madrugadas, insulina,
un vestido, dos vestidos,
verde, azul, tostado, a rayas,
una careta de plástico,
rifles en punta en las cortinas,
tres vestidos, cuatro vestidos,
una ortodoncia para los miembros fonadores,
tofu, conejitos de pascua,
una pizca de razón, coartadas rosas,
cinco, seis, siete vestidos,
eslóganes, tapones, escalas,
todos los timbres del salvoconducto,
pases, entradas, jabones tramados,
ocho vestidos, nueve vestidos,
la pastilla del ayuno, un cardo blanco, reliquias,
quince, dieciséis vestidos, una túnica, brazaletes,
debe haber un agujero en la base de todo esto
veinte, veintiséis vestidos,
tímpanos, pantallas, peldaños,
cuatro motivos, karaoke, un grito
todo precisa imperiosamente más vestidos.
Pájaro de fuego – Abelardo Linares
¿Desde qué paraíso o raro sueño
desciendes hasta mí para mirarme?
Un pájaro que canta hay en tus ojos,
de brillante plumaje y negro pico
y poderosas garras que desgarran
mi pecho con fiereza. Y canta el pájaro
al ritmo de mi sangre que se escapa
con esa misma vida que me das
cuando me hieres tú que eres mi vida.
Canta, pájaro mío, y picotea
mi corazón, tan parecido a un fruto,
cúbreme con tus alas luminosas,
estréchame sin miedo y que tu abrazo
purifique mi alma con su fuego.
Tan sólo así será mía mi vida
y aprenderé tu canto y el secreto
que un día ha de saber aquel que ama.
El poeta y la rosa – Félix María de Samaniego
Una fresca mañana,
En el florido campo
Un Poeta buscaba
Las delicias de mayo.
Al peso de las flores
Se inclinaban los ramos,
Como para ofrecerse
Al huésped solitario.
Una Rosa lozana,
Movida al aire blando,
Le llama, y él se acerca;
La toma, y dice ufano:
«Quiero, Rosa, que vayas
No más que por un rato
A que la hermosa Clori
Te reciba en su mano.
Mas no, no, pobrecita;
Que si vas a su lado,
Tendrás de su hermosura
Unos celos amargos.
Tu suave fragancia,
Tu color delicado,
El verdor de tus hojas
Y tus pimpollos caros
Entre estas florecillas
Pueden ser alabados;
Mas junto a Clori bella,
Es locura pensarlo.
Marchita, cabizbaja,
Te irías deshojando,
Hasta parar tu vida
En un desnudo cabo.»
La Rosa, que hasta entonces
No despegó sus labios,
Le dijo, resentida:
«Poeta chabacano,
Cuando a un héroe quieras
Coronar con el lauro,
Del jardín de sus hechos
Has de cortar los ramos.
Por labrar su corona,
No es justo que tus manos
Desnuden otras sienes
Que la virtud y el mérito adornaron.»
Al negro anónimo – Pedro Casaldáliga
Los labios gruesos del amor y el canto
no besarían más la tierra amada.
Toda la sal del mar sería llanto;
sólo muerte y exilio, la mirada.
La argolla y la blasfemia del cauterio
cancelaron tu paz, tu Dios, tu gente.
En las blancas razones del imperio
tú no eras, servías solamente.
Pero llevabas Africa en la entraña
y hacías tuya toda patria extraña
y siempre algún tambor salvó tu hora.
Carbón de libertad, diamante puro,
arde en tu sangre el fuego del futuro
hacia la prohibida negra aurora.
Yo ya he sido puta… – Rodrigo García Marina
Yo ya he sido puta
yo ya he sido hijo
yo ya he sido hogar
yo ya me he abandonado
a la generación del polvo.
Locus amonenus – María Rosal
No me basta tu piel para tenerte,
bálsamo, oscuridad, labio de arena,
turbia sublevación que me encadena
al abrazo sin alas de la muerte.
No basta mi dolor, paloma inerte,
para calmar la sed que me gangrena.
Pídeme siempre más, es tu condena,
conjuro desleal para perderte.
Porque ya no me basta con tu vida.
Porque tu sangre amaso en mi locura,
yerto mi corazón, potro sin brida.
Entrégate, desgrana tu cintura
en mis labios de sal. Lame la herida
que nos labrara Amor con desmesura.