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Morir como los barcos – José María Álvarez

«Leo durante gran parte de la noche, y en el invierno parto hacia el sur»
THOMAS STEARNS ELIOT

Si la suerte o los dioses
tienen dispuesta mi partida
bajo otros cielos,
su voluntad sea mía.
Mas si puedo pedir,
que la luz de mis ojos
se ponga contemplando este paisaje,
las antiguas playas,
la vieja mar
junto a la que nací.

Historias del hielo – Miguel Ángel Velasco

LAS crónicas nos hablan
de aquella brava rusa, casi niña,
que murió combatiendo al invasor.
Por la mañana el sol la descubría
bajo la nieve, fresca:
grandes ojos azules y, desnuda,
toda su gracia intacta;
los brazos muy abiertos, como para el amor.
Las tropas se paraban a admirar
esa forma esculpida por la mano
brillante del invierno. Más de uno,
aquella misma noche,
montaría a una puta pensando en la muchacha.

No muy lejos,
entre gritos de júbilo,
los niños se arrojaban valle abajo,
a lomos de soldados congelados,
jugando a los trineos.

La fiesta que no cesa – Juan Meseguer

SUCEDE que a menudo
me echas de menos, dices.
Que ya no soy el mismo.
Que estoy como más serio.
Que cómo se me nota
el peso de los días.

Y yo, Juan Meseguer,
el amante imperfecto,
me pongo panza arriba
y me defiendo:
Tú no te quedas corto,
Señor; Tú
no me vas a la zaga
en faltas de caricias.

Tú fuiste Zarza ardiente
o(h) llama de Amor viva;
fuego devorador,
en cualquier caso.
De pronto, las cenizas.
No de pronto, se entiende:
poco a poco.

Primero una cuaresma;
y después otra y siempre
todavía otra más.
Y yo lleno de polvo,
de rutina,
sin ver jamás la pascua
radiante de tus ojos.

¿Cariño del tangible?
Más bien poco, Señor.
Tuviste que encerrarme
en el sagrario:
rozarme bien la carne;
comerme a beso limpio.
Y entonces, sí, Señor,
entonces
lo nuestro fue una fiesta
que no cesa.

Un secreto temblor, 2011

Lección de historia – Carlos Álvarez

A Blas de Otero

Dicen que el año mil novecientos treinta y tantos
la tierra de mi patria dejó de ser de tierra,
porque se convirtió en un suelo estéril
enemigo del trigo y de la lluvia;
que los ríos perdieron temblor y transparencia,
y supieron la forma concreta de la muerte;
que las noches no fueron compañeras del viento,
y los robles doblaron su medrosa estatura
temerosos de una bala perdida...
(mejor se entierra el plomo tras el pecho de un árbol
que entre las jóvenes ramas del hombre,
y mejor todavía
en la corteza muda de la tierra, en las minas...).
También dicen que en tiempos muy lejanos,
siglos y siglos antes del sputnik primero,
pero siglos más tarde
de que el hombre lograra que el sudor de otro hombre
llegara hasta sus manos con el brillo del oro,
también dicen que entonces
los ríos se secaron y el aire se hizo espeso
alguna vez en Gilboé y en Hiksos,
y en la llanura encrespada
de Maratón, bajo el cielo de Grecia.
No sé; yo no recuerdo.
Ni me teñí las manos con sangre fi listea,
ni me importaron nada la ambición de Alejandro
ni la sed insaciable de Darío...
y del duelo entre Oriente y Occidente
–ese duelo pendiente todavía
según dice la prensa–,
del duelo entre Persépolis y Atenas,
ya sólo me interesa la hazaña del atleta
que corrió sin descanso
desde la última herida de lanza
hasta el canto primero del pueblo alborozado.
Son cosas ya pasadas:
historias de otros tiempos y otros hombres:
de los hombres que lucharon en Troya
o que sintieron miedo en las trincheras
unos minutos antes del combate en el Ebro...
Yo no sé de esas cosas:
yo soy un hombre joven que ha nacido más tarde,
alejado en el tiempo de Brunete y Guernica;
alejado del odio por amor a la tierra...
amigo de la tierra y enemigo del odio.

Los unos altísimos… – Rosalía de Castro

Los unos altísimos,
los otros menores,
con su eterno verdor y frescura,
que inspira a las almas
agrestes canciones,
mientras gime al chocar con las aguas
la brisa marina de aromas salobres,
van en ondas subiendo hacia el cielo
los pinos del monte.

De la altura la bruma desciende
y envuelve las copas
perfumadas, sonoras y altivas
de aquellos gigantes
que el Castro coronan;
brilla en tanto a sus pies el arroyo
que alumbra risueña
la luz de la aurora,
y los cuervos sacuden sus alas,
lanzando graznidos
y huyendo la sombra.

El viajero, rendido y cansado,
que ve del camino la línea escabrosa
que aún le resta que andar, anhelara,
deteniéndose al pie de la loma,
de repente quedar convertido
en pájaro o fuente,
en árbol o en roca.

Alhambra – Antonio Gala

Contra la llama, sólo la llama.
Contra el agua, la flor del arrayán.
Bajo los artesones constelados
pronunciaste mi nombre.
Repítelo. «Todo está mal.» Repítelo.
«Es malo todo.» Repite tú mi nombre.

Contra mi llama, sólo tu llama.
Se debate el amor, crepita, rasga, esquiva,
muerde, se encrespa
lo mismo que un cachorro
del que ignoramos si juega o nos devora.

Tu voz me da la fuerza
contra la fuerza. Nómbrame y viviremos.
Necesaria es la muerte;
necesarios, los dioses despreciables.
Pero si tú me nombras…
Ah, si tú me nombraras…

Yo no sé que tengo… – Josefina de la Torre

Yo no sé qué tengo.
Si son vuelos ciegos de tormenta oscura,
o es reposo lento de inmóviles aguas.
Pero todo gira cerca de mi sombra
y conmueve el aire de mi pensamiento.
Es el mar y el sol y la arena misma
y es la vela blanca por la orilla abierta
y es todo que vibra dentro de mi sangre
y cubre mis brazos de áspero reflejo...
No sé qué me pasa.
Siento que me espera una hora de luces,
un inesperado vaivén del misterio.
Y en mis sienes vivas, sabias compañeras,
ya siento la huella del primer latido.
¡Ah, sonrisas libres de todos los niños,
voces olvidadas de todos los viejos,
rodeadme ahora,
pedidme consejos!

Súplica final dela mujer – Carmen Conde

Señor, ¿Tú no perdonas? Si perdonara tu olvido
ya no pariría tantos hombres con odio,
ni seguiría arando cada día más estrechas
las sendas de los trigos entre zanjas de sangre.
La fuente de mi parto no se restaña nunca.
Yo llevo las entrañas por raíces de siglos,
y ellos me las cogen, las hunden, las levantan
para tirarlas siempre a las fosas del llanto.

Señor, mi Dios, un día creí que Tú eras mío
porque bajaste a mí alumbrando mi carne
con el alma que allá, al sacarme del hombre,
metiste entre mis huesos con tu soplo de aurora.

Más, ¿no perdonas Tú? Y no es gozo el que tuve
después del gozo inmenso en el jardín robado.
Me sigues en la tierra, retorciendo mis pechos
con labios de criaturas, con dientes demoníacos.
No hay lecho que me guarda, ¡ni de tierra siquiera!
Los muertos me sepultan, y obligada a vivir
aparto sus plomadas y vuelvo a dar la vida.

¡Oh, tu castigo eterno, tu maldición perenne:
brotar y aniquilarme lo que brotó a la fuerza,
porque un día yo quise que el hombre por Ti hecho
repitiera en mi cuerpo su estatua, tu Figura!

¿Sembrando he de seguir, pariendo más hombres
para que todos maten y escupan mis entrañas
que cubren con el mundo los cielos, tus estrellas,
y hasta el manto de brisas con que Tú paseabas
por tu Jardín soñado, cuando yo era suya?

¿Por qué me visitaste, Señor? ¿Por qué tu Espíritu
entrose a mi angostura dejándome tu Hijo?
¿Por qué te lo llevaste a aquella horrible cueva
que el odio de los hombres le abriera como tumba?
¡Oh! ¿No perdonas, Dios? Pues sigue tu mirada
teniéndome presente: joven, bella e impía
delante de tus árboles, que yo ya ni recuerdo...

Pues soy vieja, Señor. ¿No escuchas cuánto lloro
cuando el hombre, dormido, me vuelca su simiente
porque Tú se lo ordenas sin piedad de mi duelo?
¿No ves mi carne seca, mi vientre desgarrado;
no escuchas que te llamo por bocas estalladas,
por los abiertos pechos de niños, de mujeres?...
¡En nada te ofendieron sino en nacer!
Soy yo la que Tú olvidas y a ellos los devastas;
me obligas a que siga el lúbrico mandato
de aquella bestia horrible nacida en contra mía.

Tan vieja soy y labro. Tan vieja y cubro muertos.
No estéril porque quieres que sufra mi delirio
de un solo día hermoso del que guardo el aroma.
Ni Tú, Señor, lo olvidas. Que por ello me quejo.

Soy madre de los muertos.
De los que matan, madre.
Madre de Ti seré si no acabas conmigo.
Vuélveme ya de polvo. Duérmeme. Hunde toda
la espada de la llama que me echó del Edén,
abrasándome el cuerpo que te pide descanso.
¡Haz conmigo una fosa, una sola, la última,
donde quepamos todos los que aquí te clamamos!