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Aurora – José Asunción Silva

Cuando en las noches pálidas de luna
Cerca de tu ventana -una por una-
Me cuentas tus hermosas ilusiones,
Cuando de tu mirada soñadora
El rayo como lumbre de una aurora
Ahuyenta mis enjambres de visiones;

Cuando reclinas blanda la cabeza
En mi hombro y disipas mi tristeza
Y me acompañas en mis locos sueños,
Cuando de la ventura en el exceso
Sellas mi dicha con ardiente beso
De tus labios rosados y risueños-

Entonces como el náufrago -que asido
De una frágil tablilla- va perdido
Y recuerda la plácida ribera
Mientras la oscura noche negra y fría
Y la inmensa extensión muda y sombría
Y el tempestuoso mar halla doquiera

Y que ve serenarse el horizonte
Y destacarse el azulado monte
Sobre la claridad de áureo celaje
Y aparecer -en vaga lontananza
Lleno de luz de vida y de bonanza-
Primaveral, bellísimo paisaje,

Entre las sombras de la vida mía
Se levanta la luz de un nuevo día
Sin albor ni crepúsculo indeciso…
¿En la mirada de tus negros ojos,
En el aliento de tus labios rojos,
Quién no sabrá forjarse un paraíso?

Habitarás mi silencio – Jorge Riechmann

A veces
gritar es acariciarte los muslos, o torpemente
girar con el escualo de tu sueño aterido

Tropezar en la blancura,
sumir la negra boca en tu pelo y sentir
hambre en las raíces

A veces aullar es amarte,
jugar a los dados con un lobo, otear
en el aire arrasado las naves
de la sangre. Creí que te besaba
cuando la hoz solar me cercenó los labios.

Muerte habitada – Álvaro García

Tan raro este derecho
a habitar en la muerte del amigo,
si lo definitivo de la muerte
es lo que queda cuando ya se ha ido.

Un orden superior es la alegría.
Cómo desplaza el llanto al pensamiento
y qué secreto nos confía la lágrima:
con sólo verla estás en el secreto.

Todo lo que alguien logra permanece.
Puede que nos parezca innecesaria
la luz extensa de este amanecer.
En la bondad no se producen bajas.

Ausente es el que llora, no el ausente.
Ausente somos todos
cuando sospecho que morir consiste
en repartir tu espíritu entre otros.

O hacemos el esfuerzo
mientras alguien nos deja en pleno azul.

El padre de Peter – Luis Antonio de Villena

Ya no había oficialmente ingleses en la India
cuando mi padre decidió irse a Simla
y comprar una antigua casa de residentes británicos,
una casa en la falda de la montaña, envejecida.
Dio clases de lengua y trabajó en sus estudios
sobre budismo y cultura hinduista.
Tenía pocos amigos y por la tarde, en un viejo
bar que daba al valle, bebía unos güisquis
sin hielo. Miraba el paisaje, los montes,
creía en ángeles extraños que pasaban
de cuando en cuando por las alturas del mundo,
que debían ser también las alturas de la mente…
¿Gozosamente cansado de todo, del sueño, de la vida?
Dejó escritos bizarros sobre filosofía zen,
tenía un par de amigos jóvenes que le traían té
y buscaban fuentes por monasterios y viejas bibliotecas…
Nadie lo entendimos nunca muy bien.
Era un buscador, un explorador inmóvil.
Dejó un epitafio que ahora lo cubre:
«No pedí venir ni he pedido largarme.
Pero escucha: irse es mejor que permanecer.»

Yerros míos, fortuna, amor ardiente… – Luis de Camões

Yerros míos, fortuna, amor ardiente
para mi perdición se conjuraron;
los yerros y fortuna allí sobraron,
pues me bastaba amor tan solamente.

Todo se fue; mas tengo muy presente
el gran dolor de cosas que pasaron,
que las dañosas iras me enseñaron
a nunca querer ya que me contente.

Erré todo el decurso de mis años;
di causa a que Fortuna castigase
a mis tan mal fundadas esperanzas.

De amor no vi sino breves engaños.
¡Oh, quién tanto pudiese que llenase
este mi duro genio de venganzas!

A VECES UNA PIEL ES LA ÚNICA RAZÓN DEL OPTIMISMO – Luis García Montero

Debería llover
y hace falta ser lluvia,
caer en los tejados y en las calles,
caer hasta que el aire ponga
ojos de cocodrilo
mientras muerde la tierra igual que una manzana,
caer sobre la tinta del periódico
y caer sobre ti
que no llevas paraguas,
que te llamas María y Almudena,
que piensas como abril
en hojas limpias bajo el sol de mayo.

A veces una piel
pudiera ser la única razón del optimismo.

Nacimiento – Joseph Brodsky

Pasara lo que pasara alrededor
sea cual fuera el mensaje
que la ventisca se afanaba en proferir
y sin tomar en cuenta lo estrecho de su cuarto
o que no hubiera otro lugar en el mundo para ellos.

Primero: estaban juntos, segundo —antes que nada:
ya eran tres. Todo
lo que tenían y trabajaban, acumulaban, recibían
desde hoy, cual mínimo, entre los tres se repartía.

Encima de su albergue el cielo congelado se apoyaba sobre ellos
como el grande acostumbra sostenerse en los pequeños.
Y hacía brillar la estrella, que desde entonces
no tuvo a dónde ir: salvo el mirar del niño.

Con su último destello llamaba la fogata
todos dormían ahora, a ninguna la estrella se igualaba
por la habilidad en su nadir
de unir al forastero y al vecino.